TRASATLÁNTICO (2015)

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Empecé a escribir este texto en un Taller del Anonimato que ideó la poeta Lila Zemborain en el semestre de primavera del 2012 en la Universidad de Nueva York, donde los integrantes entregábamos nuestros poemas sin firmarlos y luego los discutíamos sin saber de quién eran, lo que en teoría iba a permitir que pudiéramos observarlos solamente como palabras en una página y no como el trabajo de un autor determinado. Para mí lo más terrorífico de esa suspensión temporal de la autoría no fue preguntarme sobre qué tema escribir ni con qué tono hacerlo sino que una especie de horror vacui a los límites espaciales que proponía esa posibilidad. En ese vacío no había un yo anclado ni menos un fondo, no había un formato, ni un rumbo ni nada. Así que me aboqué a construirle bordes al proyecto y dibujé un primer margen frente a mí y luego un punto distante donde ubiqué a mi hermana Carmen que por esa época vivía en Londres: esa zona imprecisa ahora contenida entre dos bordes se transformó inmediatamente en el campo de acción de lo que trabajaría en el taller. Y el primer formato que surgió como vínculo entre dos puntos distantes fue el de la carta. Así ya tenía un emisor, un receptor y un medio. Pero sobre todo, el vacío ya no quedaba suspendido sino que ubicado al centro de un triángulo.

Esta es la misma lógica con la que operaban las cartas de navegación que se elaboraban partir de las estrellas y la triangulación de un territorio.

Desde mediados del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX el Atlántico fue atravesado por vapores conocidos como Transatlánticos, naves que se tardaban meses en recorrer la distancia entre dos países o bien entre los gobiernos y sus colonias. Estos barcos cumplían con compromisos comerciales entre dos puertos pero también con vínculos afectivos entre dos o más personas. Hoy el Atlántico es atravesado por cables submarinos que hacen posible, entre otras cosas, que tengamos internet: el entramado contemporáneo de cables sumergidos en el Atlántico, permite una comunicación transoceánica que más o menos suple las mismas necesidades de hace dos siglos. Pero instantáneamente.

En este “gran suspenso”, como le dice Sylvia Plath al mar, decidí depositar anónimamente cartas, apuntes de viajes, imágenes, reflexiones y frases escritas a amigos, familiares o amantes que en un primer momento estuvieron particularizados, pero luego, como sometidos a la misma dinámica del taller fueron perdiendo sus nombres y géneros para transformarse simplemente en destinatarios abiertos. 

A propósito de la portada que Ian Campbell elaboró para el poemario el otro día leía un ensayo sobre monstruos marinos de Chet Van Duzer, un especialista en historia de los mapas medievales. Ahí me enteré que San Agustín consideraba a los monstruos como parte del plan de dios, más específicamente como “ornamentos del universo que también podían enseñarnos sobre los peligros del pecado”. Al mirar el trabajo que Ian realizó para la tapa del poemario comprendí que observar analógicamente la función de los monstruos, como lo hacía San Agustín, era una primera forma de elaborar una cosmogonía. Aquí está el bien, aquí está el mal, aquí está dios y aquí el hombre. Sin matices. Una segunda forma era mirarlos literalmente. Y literalmente estos monstruos marinos son híbridos: cruces entre dos especies, principalmente marítimas y terrestres.

Esa condición de híbrido tiene que ver con la intención original del proyecto: no solo por la idea de unir dos márgenes, sino que por fundir las identidades de los destinatarios y sumergirlos en un flujo común. Aunque hay guiños a sus nombres y géneros estas señas existen solo como señas. Como ocurre con las embarcaciones marinas que tradicionalmente son bautizadas con nombres femeninos pero conservan antecediéndolos un artículo masculino.

De esa forma uno podría pensar que se nombra simultáneamente a uno a otro y como resultado, aparece convocado un tercero. Cola de pez y cabeza de jabalí: equivale a un monstruo y queda ubicado en la intersección de pecado con el mal en el mapa de la mentalidad medieval.

Tres años después de hacer comenzado a escribir este texto, me pregunto si el anonimato no es también siempre una forma de híbrido. Porque anónimo es un vacío donde potencialmente cabe todo. Un vacío que llenamos intentando configurar a un alguien desde el universo de lo que conocemos. No por nada Anonymous es el nombre del hacker que evita ser identificado entre otras cosas porque representa los intereses de muchos. En él cabe una multitud.

Ayer recibí un mail de un amigo y compañero del taller del Anonimato que leyó la primera versión del texto hace tres años. Me escribe diciendo que se acuerda que consultamos juntos un Atlas de Cartografía Lunar en la biblioteca de la Universidad. Ahí leímos los nombres de los mares lunares sorprendiéndonos de su belleza. Pero esos  mares, me recuerda mi amigo, el mar de la crisis, el del néctar, el mar de la tranquilidad o la marisma del sueño no son mares. Si no planicies extensas y oscuras de la superficie lunar.

Así como en la Europa medieval el avistamiento de una aleta en alta mar podía constituir el origen de una especie nueva de monstruo marino y a su vez inaugurar o completar la configuración de una cosmogonía, estas planicies lunares que cubren la Luna abandonan su anonimato instantáneamente cuando se les da un nombre.

Pasan de ser una extensión seca a un mar.

Pensar en que cada verso de este poemario tiene un destinatario y que cada uno de esos destinatarios tiene un nombre. Nombres que en mi vida tienen la facultad de transformar un territorio en otro. Paula, Horacio, Alia, Sebastián, Elisa, Jerónimo, Javiera, Guiseppe, Florencia, Gabriel, Gloria. Pensar que ellos también han suspendido temporalmente su individualidad dentro del texto para aparecer como asomos, o estaciones de piel. O señales de una multitud contenida en un libro.

Juan José Richards
TRASATLÁNTICO
Edición: 1a. ed.
Santiago: Editorial Cuneta, 2015
48 p.; 21 X 16 cm.